"Tengo miedo. ¿Va a volver ese vecino loco que quiere entrar?"
I'm ripe with things to say,
The words rot and fall away.
If a stupid poem could fix this home
I'd read it every day.
So here's your holiday
Hope you enjoy it this time.
You gave it all away,
It was mine.
So when you're dead and gone
Will you remember this night, twenty years now lost.
It's not right.
Their anger hurts my ears,
Been running strong for seven years.
Rather than fix the problems, they never solve them,
It makes no sense at all.
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viernes, 6 de mayo de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
El final del cuento de hadas
-Sé que no le gusto a tus padres, pero ¿ellos qué saben?
No eres tan pequeña y yo no soy tan grande.
Te he demostrado que te quiero durante este tiempo,
acepta mi anillo, cásate conmigo.
-Es precioso, claro que acepto mi vida.
-Oh, me haces tan feliz, sé que eres mía.
Estabas destinada a mí, lo supe desde el primer día.
Abrázame, comparte mi alegría.
Así comenzó el cuento de hadas:
ramos de flores, bombones, paseos y dulces miradas.
Lo que opinen los demás no vale nada,
un hombre bueno mantiene a una mujer enamorada.
Los días pasan como en una fábula:
vestidos de novia, lista de boda, planes, nueva casa.
Ella es la reina, ella es el ama,
ella le ama, ella le aguanta...
-Quizás no deberías beber tanto...
-¿Me estas llamando borracho?
-No, no, claro.
-Pues cállate mujer ¿eh?,
que yo sé bien lo que hago.
Anda, sube al coche y borra esa cara de inmediato.
-Claro...
Ella y él se casan,
el tiempo pasa, una llamada...
-Mamá, ¡estoy embarazada!
No hay mayor motivo para ser feliz que un niño,
él lo celebra saliendo con sus amigos.
-¿Dónde has estado? Me tenías muy preocupada.
-No empieces...
-¿Por qué no coges mis llamadas?
-¡No empieces!
-Es que siempre me dejas sola en casa
y vuelves a las tantas. Además,
¿hueles a colonia barata?
-¡Calla!
El primer golpe fue el peor,
no tanto por el dolor como por el shock de la situación.
Esa noche él duerme en el sofá, ella no duerme nada,
sueños rotos, lágrimas en la almohada...
Quién iba a decir que sería así... El final del cuento de hadas.
Todo iba bien hasta que llegó... El final del cuento de hadas.
Nunca pensó que podría pasar... El final del cuento de hadas.
A otra ella le tocó vivir... El final del cuento de hadas.
-Perdóname por lo de ayer, no sé que pasó.
Es que... no sé, es el estrés del trabajo,
el cansancio, estaba un poco borracho.
Perdóname, lo siento, sabes que te amo...
Tras unos días ella recuerda el tema,
como si fuera una lejana pesadilla.
Pensó en contarlo a sus amigas, pero no lo entenderían,
además, son cosas de familia.
-Él me quiere, esas cosas pasan,
y es verdad que a veces soy un poco bocazas...
Nace el bebé, una pequeña preciosa,
pero él quería un niño y echa la culpa a su esposa...
-Lo haces todo mal, y estás gorda,
¿cómo pretendes que no me vaya con otras?
-Pero...
-¡Pero nada! Todo el día en casa acumulando grasas
¿y no eres capaz de tener la cena preparada?
-Pero...
-¡Calla!
-Pero...
-¡Calla! Mira, ¡no me obligues a que lo haga!
-Pero...
-¡Calla! ¡Te avisé! ¡Ahora habla! ¡Habla! ¡Habla! ¡Habla..!
Esta vez no se supo controlar,
ella acaba en el hospital.
Tras tres días por fin escucha a sus amigas,
y denuncia a la policía su tortura.
La vida vuelve a sonreírle poco a poco,
ella y la niña rehacen sus vidas casi del todo.
Un nuevo chico, un nuevo trabajo,
un nuevo futuro, en un nuevo barrio.
Pero el papel de un juez no es suficiente para detenerle a él,
y un día de vuelta al portal,
él la espera con un puñal, y le acuchilla, doce veces.
Fue el final del cuento de hadas,
un cuento real que se cuenta en cada ciudad, cada semana,
es la nueva plaga,
es el final del cuento de hadas...
Quién iba a decir que sería así, el final del cuento de hadas.
Todo iba bien hasta que llegó, el final del cuento de hadas.
Nunca pensó que podría pasar, el final del cuento de hadas.
A otra ella le tocó vivir, el final del cuento de hadas.
No eres tan pequeña y yo no soy tan grande.
Te he demostrado que te quiero durante este tiempo,
acepta mi anillo, cásate conmigo.
-Es precioso, claro que acepto mi vida.
-Oh, me haces tan feliz, sé que eres mía.
Estabas destinada a mí, lo supe desde el primer día.
Abrázame, comparte mi alegría.
Así comenzó el cuento de hadas:
ramos de flores, bombones, paseos y dulces miradas.
Lo que opinen los demás no vale nada,
un hombre bueno mantiene a una mujer enamorada.
Los días pasan como en una fábula:
vestidos de novia, lista de boda, planes, nueva casa.
Ella es la reina, ella es el ama,
ella le ama, ella le aguanta...
-Quizás no deberías beber tanto...
-¿Me estas llamando borracho?
-No, no, claro.
-Pues cállate mujer ¿eh?,
que yo sé bien lo que hago.
Anda, sube al coche y borra esa cara de inmediato.
-Claro...
Ella y él se casan,
el tiempo pasa, una llamada...
-Mamá, ¡estoy embarazada!
No hay mayor motivo para ser feliz que un niño,
él lo celebra saliendo con sus amigos.
-¿Dónde has estado? Me tenías muy preocupada.
-No empieces...
-¿Por qué no coges mis llamadas?
-¡No empieces!
-Es que siempre me dejas sola en casa
y vuelves a las tantas. Además,
¿hueles a colonia barata?
-¡Calla!
El primer golpe fue el peor,
no tanto por el dolor como por el shock de la situación.
Esa noche él duerme en el sofá, ella no duerme nada,
sueños rotos, lágrimas en la almohada...
Quién iba a decir que sería así... El final del cuento de hadas.
Todo iba bien hasta que llegó... El final del cuento de hadas.
Nunca pensó que podría pasar... El final del cuento de hadas.
A otra ella le tocó vivir... El final del cuento de hadas.
-Perdóname por lo de ayer, no sé que pasó.
Es que... no sé, es el estrés del trabajo,
el cansancio, estaba un poco borracho.
Perdóname, lo siento, sabes que te amo...
Tras unos días ella recuerda el tema,
como si fuera una lejana pesadilla.
Pensó en contarlo a sus amigas, pero no lo entenderían,
además, son cosas de familia.
-Él me quiere, esas cosas pasan,
y es verdad que a veces soy un poco bocazas...
Nace el bebé, una pequeña preciosa,
pero él quería un niño y echa la culpa a su esposa...
-Lo haces todo mal, y estás gorda,
¿cómo pretendes que no me vaya con otras?
-Pero...
-¡Pero nada! Todo el día en casa acumulando grasas
¿y no eres capaz de tener la cena preparada?
-Pero...
-¡Calla!
-Pero...
-¡Calla! Mira, ¡no me obligues a que lo haga!
-Pero...
-¡Calla! ¡Te avisé! ¡Ahora habla! ¡Habla! ¡Habla! ¡Habla..!
Esta vez no se supo controlar,
ella acaba en el hospital.
Tras tres días por fin escucha a sus amigas,
y denuncia a la policía su tortura.
La vida vuelve a sonreírle poco a poco,
ella y la niña rehacen sus vidas casi del todo.
Un nuevo chico, un nuevo trabajo,
un nuevo futuro, en un nuevo barrio.
Pero el papel de un juez no es suficiente para detenerle a él,
y un día de vuelta al portal,
él la espera con un puñal, y le acuchilla, doce veces.
Fue el final del cuento de hadas,
un cuento real que se cuenta en cada ciudad, cada semana,
es la nueva plaga,
es el final del cuento de hadas...
Quién iba a decir que sería así, el final del cuento de hadas.
Todo iba bien hasta que llegó, el final del cuento de hadas.
Nunca pensó que podría pasar, el final del cuento de hadas.
A otra ella le tocó vivir, el final del cuento de hadas.
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el chojin,
el final del cuento de hadas,
violencia domestica
Llanto silencioso
Desde hace más de diez años, los alumnos de quinto año del Mater organizan la misión en Florencio Varela, ayudando a aquellos que más lo necesiten. Esta vez, la responsabilidad cae sobre mi curso.
Siendo este proyecto tan importante para el colegio y de tanto impacto emocional para cada uno de los participantes, nos preparamos con bastante antelación. Es por eso que el año pasado visitamos Florencio Varela en nuestra primera pre-misión, para conocer un poco más acerca de la realidad a la que nos íbamos a enfrentar. Conocimos mucha gente y, por consecuencia, varias historias de vida. Una que me había cautivado era la de una mujer con sus hijos que vivía en un cuarto extremadamente pequeño dentro de una especie de vivienda compartida. Amablemente nos invitó a pasar, aún cuando no todas las que fuimos teníamos espacio dentro del lugar. Quien nos había guiado hasta allí era una de mis profesoras de inglés, que era muy bien recibida por ir tan frecuentemente al barrio. En seguida se pusieron a charlar, mientras nosotras conversábamos con los nenes. No es difícil imaginar de mí que no contuve la curiosidad y escuché la charla. Pero en realidad lo que llamó mi atención fue el momento en el que la mujer dijo que había estado internada y salido hace poco. Tal como imaginé en ese segundo en el que repentinamente comprendí todo, mi profesora le preguntó por qué había estado en el hospital, recibiendo como respuesta un "después te cuento". Mis teorías fueron confirmadas unos días más tarde en el colegio, cuando nuestra profesora nos contó que el marido de la señora era violento y le había pegado varias veces, siendo él mismo el causante de la internación.
Durante los meses subsiguientes no tuvimos muchas noticias de la familia, más que la evolución luego de las operaciones de uno de los nenes (Alexis), quien tiene un problema que le impide caminar, por lo que en varias ocasiones juntamos dinero para ayudar a la madre a financiar las operaciones a las que debe ser sometido. Sin embargo, hoy nuestra profesora entró al aula durante uno de los recreos, para comunicarnos sobre ellos. Ella siempre nos contaba que la mujer temía por el bienestar de sus hijos, ya que podía soportar el dolor que sufría pero jamás lo toleraría si la violencia estuviera dirigida hacia los nenes. Además se sentía atrapada, ya que su marido la amenazaba frecuentemente con matarse si lo dejaba.
La mujer huyó con sus hijos.
El hombre se colgó.
Siendo este proyecto tan importante para el colegio y de tanto impacto emocional para cada uno de los participantes, nos preparamos con bastante antelación. Es por eso que el año pasado visitamos Florencio Varela en nuestra primera pre-misión, para conocer un poco más acerca de la realidad a la que nos íbamos a enfrentar. Conocimos mucha gente y, por consecuencia, varias historias de vida. Una que me había cautivado era la de una mujer con sus hijos que vivía en un cuarto extremadamente pequeño dentro de una especie de vivienda compartida. Amablemente nos invitó a pasar, aún cuando no todas las que fuimos teníamos espacio dentro del lugar. Quien nos había guiado hasta allí era una de mis profesoras de inglés, que era muy bien recibida por ir tan frecuentemente al barrio. En seguida se pusieron a charlar, mientras nosotras conversábamos con los nenes. No es difícil imaginar de mí que no contuve la curiosidad y escuché la charla. Pero en realidad lo que llamó mi atención fue el momento en el que la mujer dijo que había estado internada y salido hace poco. Tal como imaginé en ese segundo en el que repentinamente comprendí todo, mi profesora le preguntó por qué había estado en el hospital, recibiendo como respuesta un "después te cuento". Mis teorías fueron confirmadas unos días más tarde en el colegio, cuando nuestra profesora nos contó que el marido de la señora era violento y le había pegado varias veces, siendo él mismo el causante de la internación.
Durante los meses subsiguientes no tuvimos muchas noticias de la familia, más que la evolución luego de las operaciones de uno de los nenes (Alexis), quien tiene un problema que le impide caminar, por lo que en varias ocasiones juntamos dinero para ayudar a la madre a financiar las operaciones a las que debe ser sometido. Sin embargo, hoy nuestra profesora entró al aula durante uno de los recreos, para comunicarnos sobre ellos. Ella siempre nos contaba que la mujer temía por el bienestar de sus hijos, ya que podía soportar el dolor que sufría pero jamás lo toleraría si la violencia estuviera dirigida hacia los nenes. Además se sentía atrapada, ya que su marido la amenazaba frecuentemente con matarse si lo dejaba.
La mujer huyó con sus hijos.
El hombre se colgó.
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viernes, 18 de marzo de 2011
Violencia doméstica
Tuve la suerte de nacer en un hogar roto. Uno de esos en los que los vasos de la cena familiar no se llenan con jugo, sino con lágrimas hasta rebalsar. Uno, como tantos, en los que la familia no es más que otro cuento de hadas, una ilusión.
Desde pequeña he vivido angustiada por mi entorno, jamás me gustó estar en mi casa. Le debo haber desarrollado una especie de fobia, y muchas veces he llorado por no querer regresar. Recuerdo varios años, de primaria y secundaria, en los que volvía a mi casa con la cara llena de lágrimas y llegaba hasta la puerta para limpiarme y colocar una sonrisa en mi rostro, siempre fingiendo que nada me afectaba. Debía reprimir todo ese dolor, todo mi llanto. Pero eso es demasiado pedir para un niño, no sean tan duros.
Odiaba el momento de ir a la cama. Me costaba mucho dormir por las noches, y no me quedaba más remedio que escuchar silenciosamente los gritos rutinarios. Los insultos, los gritos, los golpes. Quizás no se daban cuenta, pero yo lo escuchaba todo. Y no podía hacer más que llorar y abrazar a mis peluches, rogando que eso cambiara. A veces me asustaba mucho y salía sobresaltada de la cama a pedirles que se callaran. Tenía miedo. Tenía miedo de quedarme sin mamá.
Es una vida en la que no es extraño levantarse y que tu madre tenga alguna herida en la cara. No era raro alcanzar un pañuelo a quien necesitaba cubrir un labio sangrante. Ni observar cómo se maquillaba un ojo morado. Era todo normal. Normalmente triste.
Los muebles que nos acompañaban lentamente grababan nuestra historia. La mesa dada vuelta sobre el piso, los objetos revueltos, los picaportes rotos, las paredes escritas. Todo hablaba por nosotros.
Lloré años enteros, por no poder hacer otra cosa. Lloré por ellos, lloré por mí. Lloré por mi hermano al ser concebido, porque estaba a punto de conocer una vida de mierda. Y pensar que de haber caído ella de otra forma después del golpe probablemente ni siquiera hubiera nacido.
¿Qué culpa tenía yo de tus problemas? Yo sólo quería ser feliz. Yo solo quería encontrarme después del colegio con alguien que me preguntara cómo me había ido. Y lo único que encontraba era una mujer que no daba más del llanto y un hombre que se quería matar. Me sentía sola. Me dejaron sola. Encima le pedía ayuda a Dios y le rezaba por algo de piedad. Sufría. Pero Dios nunca me escuchó.
Y después crecí y se supone que superé las cosas. Evidentemente no superé un carajo, porque sigo siendo la misma nena a la que le quitaron las ganas de vivir. No me importa cuánto más sufrieron los otros. Yo soy infeliz. Y sí, seré egoísta, pido perdón. Pero es así.
¿Cuántas veces te ha hecho sonreír? Esta no es manera de vivir.
¿Cuántas lágrimas puedes guardar en tu vaso de cristal?
Desde pequeña he vivido angustiada por mi entorno, jamás me gustó estar en mi casa. Le debo haber desarrollado una especie de fobia, y muchas veces he llorado por no querer regresar. Recuerdo varios años, de primaria y secundaria, en los que volvía a mi casa con la cara llena de lágrimas y llegaba hasta la puerta para limpiarme y colocar una sonrisa en mi rostro, siempre fingiendo que nada me afectaba. Debía reprimir todo ese dolor, todo mi llanto. Pero eso es demasiado pedir para un niño, no sean tan duros.
Odiaba el momento de ir a la cama. Me costaba mucho dormir por las noches, y no me quedaba más remedio que escuchar silenciosamente los gritos rutinarios. Los insultos, los gritos, los golpes. Quizás no se daban cuenta, pero yo lo escuchaba todo. Y no podía hacer más que llorar y abrazar a mis peluches, rogando que eso cambiara. A veces me asustaba mucho y salía sobresaltada de la cama a pedirles que se callaran. Tenía miedo. Tenía miedo de quedarme sin mamá.
Es una vida en la que no es extraño levantarse y que tu madre tenga alguna herida en la cara. No era raro alcanzar un pañuelo a quien necesitaba cubrir un labio sangrante. Ni observar cómo se maquillaba un ojo morado. Era todo normal. Normalmente triste.
Los muebles que nos acompañaban lentamente grababan nuestra historia. La mesa dada vuelta sobre el piso, los objetos revueltos, los picaportes rotos, las paredes escritas. Todo hablaba por nosotros.
Lloré años enteros, por no poder hacer otra cosa. Lloré por ellos, lloré por mí. Lloré por mi hermano al ser concebido, porque estaba a punto de conocer una vida de mierda. Y pensar que de haber caído ella de otra forma después del golpe probablemente ni siquiera hubiera nacido.
¿Qué culpa tenía yo de tus problemas? Yo sólo quería ser feliz. Yo solo quería encontrarme después del colegio con alguien que me preguntara cómo me había ido. Y lo único que encontraba era una mujer que no daba más del llanto y un hombre que se quería matar. Me sentía sola. Me dejaron sola. Encima le pedía ayuda a Dios y le rezaba por algo de piedad. Sufría. Pero Dios nunca me escuchó.
Y después crecí y se supone que superé las cosas. Evidentemente no superé un carajo, porque sigo siendo la misma nena a la que le quitaron las ganas de vivir. No me importa cuánto más sufrieron los otros. Yo soy infeliz. Y sí, seré egoísta, pido perdón. Pero es así.
¿Cuántas veces te ha hecho sonreír? Esta no es manera de vivir.
¿Cuántas lágrimas puedes guardar en tu vaso de cristal?
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