miércoles, 5 de enero de 2011

Terapia

Es demasiado difícil encontrar un método terapéutico eficaz para cada uno de los habitantes de este mundo. Qué se yo, a mí no me parece tan alocado que un hombre se haga asesino serial y mate a todas las mujeres que encuentra parecidas a su mamá porque la odió toda su vida. Podríamos decir que es su terapia, es lo que le hace bien. Ya sé, ya sé, uno no puede sentirse bien haciendo semejantes atrocidades, está enfermo, tiene problemas mentales, sí, sí, como sea.
La cabeza es lo más jodido de nuestro cuerpo. Convencida estoy de que cualquier enfermedad de salud, por más terrible que sea, no le llega ni a los talones a las enfermedades mentales. Perdónenme si esta afirmación les parece arriesgada o descabellada, pero es más fácil que un paciente que ha sufrido cáncer se recupere a que aquel que tiene un trastorno cerebral grave lo haga. ¿Por qué? Alguien a quien se le diagnostica cáncer no tiene que hacer nada. Es obvio que no era algo previsto, y por ende desea seguir viviendo. Pero digamos, tiene que cumplir con el tratamiento, ingerir las medicinas y depositar todas sus esperanzas en que todo saldrá bien. Para curarse de una enfermedad mental (más allá de que se necesiten medicamentos que acompañen el tratamiento) uno tiene que querer hacerlo. Y simplemente eso, te puede llevar la vida.
La respuesta de la mayor parte de la gente es simple "andá a un psicólogo". Ojalá fuera tan fácil. Cada persona es un mundo, y el especialista que te atiende tiene que saber cómo llegar hasta él. Sin contar que hay miles de métodos diferentes, con las variaciones de cada escuela y pensador y probarlas todas sería una locura. En fin, la reacción de cada persona frente a los terapeutas es diferente, y yo solo puedo hablar de la mía.
Estuve en el despacho de dos psicólogos, una psicopedagoga y un psiquiatra. ¿Por qué empecé a ir? Mi mamá me mandó. Ella me había visto unos cortes, y en seguida me sacó un turno para una psicóloga. Creo que eso fue una de las cosas más contraproducentes al inicio de mi tratamiento, porque yo definitivamente no tenía ningún interés en ir.
Así conocí a mi primera psicóloga, una que trabajaba en el Hospital Güemes (leáse, la que cubría la obra social y por ende, era gratis). Me caía demasiado mal, probablemente por la mala predisposición con la que fui. Cada palabra que pronunciaba me hacía odiarla, la consideraba una total idiota. Sentía que era una de esas minas que se había graduado y recién estaba empezando a ejercer el título, por lo que no tenía idea de cómo tratar a su paciente. Verla a ella activó (qué raro...) mi instinto de superioridad. Simplemente, creía que yo era mejor de ella, y que estar en esa oficina era un desperdicio. Imagínense lo que era mi cabeza, para empezar a cortarme antes de cada sesión, solamente para poder pensar "mirá, estoy cortada y vos no tenés idea, sos una idiota" mientras la veía hablarme. No me costó demasiado hacer que me soltara, a los dos meses ya había finalizado mi ciclo y ella creyó que no necesitaba otro.
Por supuesto que para mí todo eso había sido absurdo y me sentía exactamente igual que como había entrado. Un tiempo después, mi mamá vio unos folletos en una puerta que está sobre la misma calle que mi casa, resultó ser la dirección de un psicólogo. Me dijo que me había sacado un turno, que me haría bien ir. Cuando vi la fachada, ya me imaginé que iba a ser cualquier cosa, y que un par de las cosas que más habían influido en la decisión de mandarme allí eran: podía ir sola sin ningún problema y salía barato. La primera sesión mi mamá tuvo que quedarse adentro y el nuevo psicólogo, Pablo, comenzó con sus charlas. Al principio parecía un tipo copado, alguien que decía cosas bastante lógicas. Había cosas de su método que eran productivas, y muchas de las que hoy en día sigo recordando. Pero con el tiempo me empezó a aburrir, y creí que el que estaba un poco loco era él, no yo. Para mí que era seguidor de Freud igualmente, todo lo que le decía tenía siempre algo que ver con la sexualidad. En fin, le dije que no quería hacer más terapia y dejé de ir. Un par de veces me lo crucé por la calle y me obligó a entrar a su consultorio y contarle qué era de mi vida. Pobre, qué se yo.
Mi último intento de terapia fue con mi psiquiatra (no cuento a la psicopedagoga porque no era algo permanente y se superpuso a esto). Al principio prácticamente no me habló, me hizo montones de tests. Cuando me empezó a hablar me cayó realmente bien, y sentí que comprendía bastante mis gustos. Siempre me decía que mi grupo era "intelectual" y me recomendaba libros y obras de teatro, aunque me dijo que dejara de leer a Dostoievski porque me iba a deprimir más (en eso obviamente nunca le hice caso). Me hizo varias preguntas, a las que yo no podía responder. Una vez me dijo "¿Qué es la realidad?". Aún me acuerdo de mi respuesta "Yo sé qué es lo que usted quiere que le responda, pero realmente no lo creo." Le dije lo que yo sabía que quería escuchar ("La realidad es todo aquello que es percibido de la misma forma por las personas que viven") pero le expliqué mi disconformidad con la frase. Me dijo que esa era justamente la definición que debería dar, que aunque yo no lo creyera, eso era la realidad. Ahora que lo pienso, fue una respuesta medio esquizofrénica. Igual que todas mis afirmaciones de que querían controlar mi cerebro (sí, suena loco). Tal vez por eso me empezó a medicar con antipsicóticos. Además, me explicó que tenía una disposición genética general, y por eso había casos de depresión y suicido en mi familia. Y que lo demás se aprende, o se genera a partir de las vivencias personales. Una vez me dijo "Sinceramente no puedo culparte, razones para deprimirte tenés de sobra". Qué triste. En fin, después de casi un año, terminé mi tratamiento. Me advirtió que podría tener recaídas y todo eso. Pero bueno, concluyó de manera pacífica.Y quién sabe cuándo volveré.
Las apariciones de la psicopedagoga fueron esporádicas, era la del colegio. Me había llamado con anterioridad, pero digamos que se preocupó una vez que me escapé del colegio. Me insistía en realizar un tratamiento psicológico además del psiquiátrico. Lo consideré una idiotez, se lo comenté a mi psiquiatra y se mató de risa. Después le mandó un sobre con revistas de psicología y una entrada gratis a una conferencia de psicólogos, al mejor estilo de "primero aprendé y después hablá". Es un genio. Algún día voy a volver a visitarlo.

martes, 4 de enero de 2011

Error 404

Sanity not found.

Father and daughter

El otro día fui al restaurante y me percaté de que habían cambiado los manteles de las mesas. Apenas los vi me parecieron horribles, definitivamente el bordó y el blanco daban un aspecto mucho más elegante al lugar. Además los nuevos manteles eran demasiado largos, y la combinación de los colores evocaba ligeramente la imagen de un taxi. Obviamente lancé tremendas exclamaciones de disconformidad, expresando cualquier insulto o comparación desagradable que podía realizar al respecto. Pero me causó mucha gracia lo que dijo mi tía sobre el tema: "y yo que pensaba 'qué bueno que no está Eddy para criticar la decoración y decirme que los manteles están horribles', pero parece que ya consiguió reemplazante".
Es que ese es justamente otro de los ámbitos donde nos encuentran parecidos. Me había pasado con anterioridad, varios mozos dijeron "Jessiquita es igual a su papá, tienen el mismo carácter". Yo lo tomo como algo bueno, porque siempre fue a él a quien le hicieron caso y a quien todos respetan por sus capacidades. A mi vieja en cambio, como siempre, le pasan por encima. Como sea, siempre nos encontraron muy parecidos, lo que confirma lo que dije con anterioridad acerca de nuestra mutua comprensión de enredos mentales.
Es por eso que más de una vez, al encontrarme llorando o sentir que estaba mal, me ha dado alguna que otra charla. Recuerdo una específica, que surgió a través de una conversación entre mi mamá, mi papá y yo. Mi mamá me veía llorar y me preguntaba por qué, como si yo misma supiera todo lo que me pasa. Encima le decía que no sabía y pensaba que le ocultaba algo, por lo que entendí que no tenía demasiada noción de mi realidad. Y si le intentaba explicar algo, fallaba al entenderlo.

-(M): Pero ¿qué es lo que te pasa? Por algo tenés que estar triste, no podés llorar porque si.
-(J): Estoy triste porque no sé qué hacer con mi vida.
-(M): ¿Cómo no vas a saber qué hacer con tu vida? ¡Si está muy claro lo que tenés que hacer! Tenés que terminar la secundaria, estudiar una carrera, trabajar...
-(J): Esas cosas no valen nada, yo necesito algo por lo que vivir.
-(M): ¡Pero te estoy diciendo...!
-(P): Vos no la entendés, ella te está hablando de otra cosa, de algo más profundo. Yo sé perfectamente a lo que se refiere, si yo mismo con cuarenta años aún no sé qué hacer con mi vida...

Concluida esa charla yo seguía de pésimo estado anímico. Esa madrugada mi papá me habló una vez más.

-(P): ¿Vos sabés lo que le pasó al hijo de la mona, no? El que se mató.
-(J): Sí, se colgó.
-(P): Nunca me pude dejar de sentir culpable. Éramos bastante cercanos y él me contaba lo que le pasaba, pero yo jamás pude hacer nada. A veces me pregunto si aunque sea a los golpes podría haberlo hecho reaccionar... Tenía tu edad, ¿sabés por qué lo hizo?
-(J): ¿Por qué?
-(P): Porque no sabía qué hacer con su vida. Y se mató.
-(J): ...
-(P): No te imaginás lo que es la culpa, debe ser el peor sentimiento de todos. Es una carga que nunca te vas a poder sacar de encima, así pasen años... No quiero tener que cargar con otra.


~It's not time to make a change. Just relax, take it easy.~

lunes, 3 de enero de 2011

Die Welle

Ich habe heute die Welle gesehen. Y realmente estoy un poco perturbada. Creo que es una de esas películas que revuelve las ideas en el interior de cada uno y generan dudas acerca de uno mismo. ¿Por qué? ¿Por qué estas cosas nos afectan tanto? Creo que eso se esconde en nuestra naturaleza humana. Ciertas imágenes, acciones o palabras activan un mecanismo de nuestro cerebro que suele permanecer escondido. Un sentimiento que nos hace las preguntas más crueles, aquellas que evadimos normalmente, y no nos permite mentir al responder. Es esa certeza interior de que uno también cayó. ¿Cuántos de nosotros podríamos defender nuestros ideales teniendo al mundo en contra? Hay que ser sincero, por más que en un principio uno intentara hacerlo, las respuestas negativas serían abrumadoras. Y eso es precisamente lo que causa un malestar en nuestro cuerpo y mente, haciéndonos sufrir de forma tal que pagaríamos un precio muy alto por evitarlo. Es más fácil rendirse y ver cómo los demás se pudren. Para los humanos va a ser siempre un "sálvense quien pueda".
A veces me pregunto hasta qué punto uno puede ser individualista. ¿Realmente existe el individualismo? ¿Realmente existe la dictadura? Hay cosas que hacemos diariamente y nadie considera dictatoriales. Si lo piensan de la manera más abstracta posible se darán cuenta. Estamos insertados en algo que no sabemos qué es con exactitud, ese algo que se denomina sociedad, comunidad. A mí eso me parece dictatorial. Cuando digo que la escuela es una especie de manipulación, no lo digo porque soy vaga y no se me canta estudiar. Pero piénsenlo un rato. Nosotros inventamos este juego. Nosotros inventamos las normas, las leyes. ¿Por qué seguimos algunas y no otras? ¿Cuál es el factor que determina lo que es correcto y lo que está mal?
Me parece que la película es una fiel representación a la realidad. Lo único que falta es darle un significado más completo, la segunda acepción de la palabra por así decirlo. Porque al final, todos vivimos en una dictadura que nosotros mismos creamos, pero no nos damos cuenta. Forzamos a los demás a encajar en nuestra propia realidad y no nos damos cuenta. Dictadura no es solo imponerse como líder en un grupo y hacer que la gente se mate entre sí. Dictadura es burlarse del que tiene una enfermedad mental o una discapacidad. Dictadura es evitar hablar con quien no se viste como uno. Dictadura es pegarle a un niño porque no terminó su comida. Pero es propia del ser humano. Y sin dictadura, nos estaríamos quejando del liberalismo. No digo que esté bien. Tampoco que esté mal. Simplemente es parte de este mundo, y permanecerá eternamente en él.

domingo, 2 de enero de 2011

¿Who are you?

No sé por qué me dieron ganas de escribir sobre alguien que no conozco. Pero no cualquiera, alguien especial. Franco Tempone, el chico que vivía antes en mi casa.
El día en que mi mamá me contó que planeaba mudarse, nunca me imaginé lo que despertaría en mí la experiencia. La idea en sí me resultaba algo molesta, por todas las desventajas que tenía y porque no creo que sea mucha gente la que tenga ganas de sentarse a revisar todas sus cosas mientras las mete en cajas, intentando tirar la mayor parte de las porquerías que acumuló a lo largo de los años. Además, me gustaba mi casa y estaba acostumbrada a vivir allí. Pero mi hermano iba a nacer pronto y definitivamente necesitábamos un lugar más espacioso donde alojarnos.
Mi mamá había estado averiguando el precio de algunos departamentos, viendo en qué condiciones se encontraban, etc. Un día me dijo "voy a ver una casa, ¿querés venir?". Obviamente le dije que no tenía ganas (en estos momentos me arrepiento de ser tan pajera) y seguí con lo que estaba haciendo, que probablemente era nada. Al volver, me contó que la casa era bastante grande para estar en capital, que habló un largo rato con la dueña, una tal Gabriela Choruzy, quien tenía un hijo adolescente. Nada que me llamara mucho la atención.
Pasado un tiempo, me contó que había decidido alquilar ese departamento, por lo que vencí mi constante estado vegetativo para dirigirme a lo que próximamente sería mi hogar. Imagínense mi sorpresa cuando abrí la puerta de la que hoy en día es mi habitación. Lo primero que vi me impactó, las paredes resaltaban a kilómetros por ser dos de ellas azules y las dos restantes verdes. Mi vista recorrió rápidamente la habitación de izquierda a derecha, topándose con cosas curiosas como una corbata roja colgada en una pared, algunos libros y CDs desparramados por ahí y hasta una señal de tránsito (al principio lo dudé, pero luego descubrí que realmente la había sacado de la calle). Me quedé atónita, presentía lo que pasaría.
La primera noche que dormimos allí me puse como loca. Quería saber sobre ese chico, quería conocer su historia. Quizás mis hallazgos no hayan sido los más reveladores, pero para mí cada pequeño detalle que encontraba ayudaba a conformar su perfil en mi cabeza, que por alguna razón siempre me llamó mucho la atención. Conseguí varios datos personales, tales como su nombre, fecha de nacimiento, DNI y me enteré que en ese momento estaba en los últimos años de secundaria del Mariano Acosta, cuarto año si no me equivoco. Incluso llegué a verlo en una foto, había una imagen suya en un diskette. Pero más me interesaba saber qué pensaba, qué cosas le interesaban.
Encontré un papel escrito por él que decía textualmente "mi vida siempre fue una mierda" y abajo "Slipknot". Yo no conocía la banda, la empecé a escuchar por Franco y es gracioso que ahora sea una de las bandas que más me gustan. Conocí otros de sus gustos musicales a través de anotaciones en sus libros del colegio (créanme loca pero revisé cada una de las páginas) entre los cuales figuraban bandas como Blink 182, Árbol y MxPx.
Descubrí otras anécdotas, como que le gustaba una chica llamada Daiana, o que siendo chico le pegó a una compañerita del colegio en el estómago y ella terminó en el hospital. Además heredé un par de libros, entre los que estaban la guía para la vida de Bart Simpson.
Es increíble que jamás lo haya visto, y sin embargo sea alguien que me marcó. Recuerdo que cada vez que pasaba cerca del Mariano Acosta miraba desesperadamente alrededor buscando su cara. Pasé por allí intencionalmente varias veces, aún no sé para qué, ya que aunque lo hubiera visto no le hubiera hablado. Pasó el tiempo y yo jamás lo conocí. Lo último que me enteré de él fue que estaba estudiando antropología en la UBA, lo cual fue el único comentario que hizo la madre la última vez que vino a casa. Ahora ella está en México y no me acepta la solicitud en Facebook. A él no lo encontré. A veces me pregunto si seguirá vivo. Creo que debería dejar de ser tan fatalista.



-My life was always shit and I don't think I need this anymore-

Una familia feliz

Muchas veces mi mamá me preguntó si la quería más a ella o a mi papá. Ante el planteo, yo reía despreocupadamente e ignoraba el comentario, o cambiaba de tema. Pobre, yo sé que siempre la carcomió la pregunta de por qué esos sentimientos, si ella siempre hizo lo mejor que pudo y mi papá parecía mandarse cagada tras cagada. El problema radica en lo sustancialmente diferente que es ella de nosotros dos, lo que la lleva a no comprender nuestras necesidades (no la culpo, yo misma no lo hago) y creer que nos está haciendo un bien con cosas que no nos interesan o hasta nos exasperan. No sé como hace, pero al final me termina lastimando más ella que los que en sí causan los problemas, ya sea con sus comentarios, con sus gritos o su simple incomprensión de mi mundo. Me vienen a la mente varios recuerdos, quizás estúpidos pero que fueron delineando nuestra relación.

Cómo olvidar aquellas noches en las que no podía dormir y lloraba silenciosamente. No, no era insomnio. Eran los gritos de mi mamá. Esos gritos que aturdían, esos gritos que se metían en mi cerebro y no me dejaban pensar, esos gritos que no me permitían dormir. Y nunca se dio cuenta de que no sirve de nada gritarle a alguien cuando está borracho o drogado, porque no entiende planteos ni reprimendas en ese estado.
O esa vez que encontré una bolsita de plástico en la mesa. Ella prácticamente me la arrancó de las manos y comenzó a preguntarle a mi papá si no le daba vergüenza, que cómo podía permitir que su hija viera eso y otras cosas de la misma índole con ese tono de exageración propio de su carácter. Luego tiró la bolsita en la basura, y yo la recuperé mientras nadie me veía. Me acuerdo de mí misma mirando la bolsita sin llegar a comprender por qué había tanto enojo en sus palabras. Varios años más tarde me di cuenta de que eso, era una bolsita de cocaína.
Siempre escandalizando todo esa mujer, nunca sabía qué hacer y parecía elegir siempre el camino que peores consecuencias le traía. Claro ejemplo, esa vez que escribió la pared del cuarto matrimonial con mensajes ofensivos hacia su esposo, ya que estaba enojada porque era tarde y él no llegaba (cosa que tampoco era demasiado rara; ha llegado ha desaparecer por varios días). No recuerdo con exactitud qué había escrito, sé que estaban en el mensaje las palabras "borracho" y "puto". De hecho hasta recuerdo verla a ella pensando qué palabras podrían ofenderlo más. No es muy complicado imaginarse en qué termino la escena: mi mamá recibiendo una golpiza como siempre, mi papá enojado, y yo ahí, viendo cómo mi mamá era obligada a limpiar la pared con un trapo mientras lloraba desconsoladamente. Por supuesto que no se borraron del todo las letras, quedaron así durante bastante tiempo, hasta que mi papá decidió darle una mano de pintura al cuarto.

¿Se entenderá ahora por qué mi afecto repartido en forma extraña? A veces las circunstancias trauman más que el hecho mismo. Eso explicaría por qué mi enojo con uno, pero quizás no el afecto con el otro. Pero eso es algo del ser humano, la afinidad, qué se yo. Paso a explicar.

Cada vez que lloraba, mi papá se daba cuenta. Cuando me retaba por algo, sabía exactamente lo que había hecho o dejado de hacer. Mi mamá siempre fue incoherente para esas cosas, algo que me molesta demasiado. Digamos que es una persona que se basa más en el ánimo de ella que en lo que necesita el otro.
En fin, él era el que se levantaba temprano para llevarme al colegio (no siempre, pero tampoco tenía por qué hacerlo ningún día, ya que yo podía ir sola). Mi mamá me decía "ni te pienses que me voy a levantar a esa hora" o le echaba la culpa a algo más. Es más, aprendí a usar el colectivo sola en séptimo grado, cuando mi papá entró a la clínica de rehabilitación y mi mamá me dijo "yo no te pienso llevar, así que te tomás el colectivo". También recuerdo que lloré porque no me acompañó ni siquiera la primera vez y no estaba segura de dónde bajarme. Tuve que caminar como diez cuadras para llegar al colegio.
También era mi papá el que de vez en cuando me levantaba con el desayuno preparado, con huevo y tocino, como nos gusta a nosotros. Después mirábamos algún documental o hablábamos sobre algún acontecimiento raro del diario. Mi mamá nunca hacía algo así. Lo único que me hacía ella eran los capelettinis de giacomo, que me a mí me encantan. Pero sólo los hacía cuando estaba enferma (una de las razones por las cuales a mí tanto me gustaba enfermarme). Una vez que estaba triste y quería comerlos, la desperté y le pregunté si podía cocinar eso a la noche. Me mandó a la mierda porque se había peleado con mi papá la noche anterior. Y qué culpa tenía yo.

Situaciones similares podría nombrar bastantes, pero no es algo que quiera hacer ahora. Sin embargo, hay algo en especial que recuerdo. Mi papá una vez compró un par de paquetes de estrellitas que se pegan en el techo y paredes de la habitación y brillan en la oscuridad. Las pegó en el techo de mi cuarto y yo las contemplaba todas las noches. Siempre me gustaron esas cosas.
Años más tarde, yo me mudé, mi prima compró esa casa, etc. Lo importante es que mi papá no tenía dónde vivir, y como sobraban habitaciones, se quedó con mi prima. Un día me llamó y me dijo "no pude dormir en tu cuarto". Le pregunté por qué y me respondió. "Cuando apagué las luces, se empezaron a ver las estrellas que te compré. Pensé en lo mal padre que fui y lloré toda la noche".

sábado, 1 de enero de 2011

Be quiet

Hoy estoy tranquila. No depresiones matutinas, no depresiones vespertinas, no depresiones nocturnas. ¿Habrá funcionado el clásico chantaje de nuevo año, nueva vida? No creo. Más bien es la falta de sueño: cuando no duermo estoy dopada. Definitivamente mi cuerpo no tiene gran resistencia: la cabeza me da vueltas, la presión ocular aumenta notablemente, me duele cada extremidad del cuerpo como si un grupo de gente furiosa me hubiera dado una paliza anoche. Pero estoy tranquila.


You better lose yourself in the music, the moment, you own it, you better never let it go.
You only get one shot, do not miss your chance to blow. This opportunity comes once in a lifetime.